por José María Echarte

Líneas y líneas ampliadas. Dibujo del autor.
Soy, por edad, de las últimas promociones que, durante la carrera, dibujó mucho más a mano que con un ordenador.
Recordaba esta circunstancia pensando en las veces en que, en la reprografía de cabecera de la ETSAM, Faster (que a veces no hacía honor a tan dinámico nombre) ampliábamos imágenes para (re)dibujarlas.
A veces las ampliaciones volvían las líneas gruesas, densas. Espesas. Más allá de lo representativo, la cuestión abría un debate sobre la arbitrariedad de las líneas que dividen nuestro mundo.
Cuando viajo de Madrid a Burgos hay un desfase de cientos de metros entre el cartel que me despide de Madrid y el que me saluda en Castilla y León. ¿Qué ocurre en esos metros, en esa línea dibujada a 1:100.000 y ampliada hasta la escala real? ¿A quien pertenecen? ¿Pueden habitarse?
Nuestra realidad traza esas líneas. O, mejor dicho, nosotros las trazamos para compartimentar nuestro mundo y para hacerlo más entendible y a la vez más estúpido y más simplón.
Hace mucho tiempo que los arquitectos entendimos que las líneas rígidas responden a una arquitectura pasada. Hace tiempo que asumimos —o deberíamos hacerlo— que la flexibilidad espacial comienza por cuestionar la definición del borde, del límite y su percepción. Que la arquitectura es tanto mejor cuanto más se aleja de la simpleza del ‘dentro o fuera’ y se acerca a la complejidad del ‘dentro y fuera’.
Existen, todavía, líneas en nuestro mundo. líneas mecánicas. líneas que cortan, que duelen, que separan, que ahogan, que matan. Líneas que convierten a los niños que las atraviesan en unas siglas. A quien abraza a otro ser humano en un ‘invasor’ y a quien cobija ese abrazo en objeto de los más repugnantes ataques.
Soy arquitecto. Me dedico (me lo han dicho muchas veces, y no me parece mal) a dibujar líneas. No es mucho, pero puedo elegir cuáles dibujo y cuáles no.
Y estás no me interesan. No pienso dibujarlas.
El anterior presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se propuso solidificar aún más una de esas líneas. Un muro; una representación en planta y alzado de una política centrada en separar al diferente para estigmatizarlo.
Los estudiantes de arquitectura de Yale (entre otras facultades) pegaron en las ventanas de sus clases la frase “WE WON’T BUILD YOUR WALL”: no vamos a construir tu muro.
Que todos lo hacemos o estamos en situación de hacerlo y que, quizá, al cruzarlas, querríamos un abrazo.