viernes, 14 de agosto de 2020

Una historia de amor "Gricel" ' Un reencuentro en la confitería de El Molino.


por Horacio Belmaña para TodoTango


Que el tango es una síntesis musical de amor y pasión no es extraño para los amantes del género, solo que pocos tangos reflejan este sentimiento en forma tan expresiva como “Gricel”, que José María Contursi —Katunga para los amigos y el Pope para su familia cordobesa—, dedicara al gran amor de su vida: Susana Gricel Viganó.

Aquí la primer aclaración documentada: su nombre fue Gricel y no Griselda como lo sostienen algunos estudiosos del tango. 

Más aún, largos meses invirtió el señor Viganó para que en el Registro Civil admitieran ese nombre.
Gricel había nacido en el porteño barrio de San Cristóbal el 15 de abril de 1920. Hija de Egidio Viganó y Maruca Anderson, ésta última eligió el nombre para su hija inspirada en un personaje de una novela francesa. 
El matrimonio Viganó vivió luego en Quilmes, Guaiminí (provincia de Buenos Aires) y posteriormente en la ciudad cordobesa de Capilla del Monte, en las serranías de dicha provincia, cuando Egidio Viganó debió trasladarse para oxigenar sus pulmones.



José María Contursi nació en Lanús, suburbio de la ciudad de Buenos Aires, el 31 de octubre de 1911. Era hijo de Pascual Contursi e Hilda Bríamo. 
Podemos afirmar que de la localidad italiana de Contursi en el Golfo de Salerno llegó a Buenos Aires la sangre renovadora y romántica de los Contursi que se trasuntó en el nacimiento del tango canción por parte de Pascual (“Mi noche triste (Lita)”) y se prolongó en el tango romántico de su hijo José María (“Garras”, “En esta tarde gris”, “Cristal”, “Gricel”, “Quiero verte una vez más”) y otros que completaron diez y seis conocidos de amplia difusión.

No fue fácil la vida de Gricel en Capilla del Monte. Lejos de sus amigas y del entretenimiento con sus patines de rulemanes, se dedicó a colaborar en la estación de servicio Texaco que explotaba su padre, vestida con riguroso mameluco blanco, mientras recibía los cálidos piropos de los choferes de la línea de ómnibus que hacía el servicio desde la ciudad de Córdoba hasta la ciudad de La Rioja. Simultáneamente recibía clases de piano por parte de la señora Dolly C. de Nuvolone, también porteña y radicada en esa ciudad con su marido quien colaboraba con Egidio Viganó. La hija de la señora de Nuvolone, amiga de Gricel, es hoy una renombrada pintora radicada en la ciudad de Córdoba.

Pero la monotonía a menudo es quebrada por el destino. Así fue que un día recibió una carta de sus grandes amigas de Guaiminí, Nelly y Gory Omar, quienes la invitaban a pasar unos días en Buenos Aires. Gricel no dudó. Hizo aprisa sus valijas y tomó el tren que la llevaría a un destino de amor y llanto.

Los días de Buenos Aires fueron pocos pero vertiginosos. Cafés, restaurantes y negocios de la Avenida de Mayo eran visitados en forma permanente por las hermanas Omar. 
Pero algo más formaba parte de la vida de la gran ciudad: las audiciones radiales. 
Allí fueron las tres amigas a presenciar una audición en Radio Stentor en la que le presentaron a un elegante y engominado locutor que se presentó formalmente: José María Contursi, dijo él. Gricel, contestó ella. 
Sin sospechar que comenzaba a elaborarse uno de los tangos más sentidos y románticos.

Su regreso a Capilla del Monte mostró a una Gricel distinta. Comenzaba a desafinar en el piano ante la preocupación de la señora de Nuvolone. 
Saludaba a los colectiveros con la mirada distante y contemplaba las hermosas puestas de sol con profundos suspiros. Corrían los años 1935 y 1936. 
En ese entonces ganó todos los concursos de belleza que se realizaban en las sierras de Córdoba, pero la banda de «Miss» no alcanzaba y los suspiros proseguían.
Fue entonces que el destino dio otro golpe: en 1938 acosado por una fiebre intestinal y sin antibióticos, Contursi recibió el clásico consejo médico de aquellos años: los aires de las sierras de Córdoba. 
Las hermanas Omar le dijeron entonces: «¿Te acuerdas de Gricel? Vive en Capilla del Monte, en plenas sierras cordobesas».

Hacia allí partió Contursi dejando en Buenos Aires a su esposa Alina Zárate y a una hija del matrimonio, llevando consigo no solo su enfermedad sino también su afición por las faldas femeninas, su amor por el turf y por su San Lorenzo querido.

Egidio Viganó resultó impotente para impedir el romance entre su hija y un seductor «de academia». 
Así regresó Katunga a Buenos Aires, luciendo una nueva estrella en su bandera de seductor y tal vez canturreando: «Yo anduve siempre en amores, qué me van a hablar de amor». Pero se equivocó rotundamente. Ignoraba que al poco tiempo clamaría: «¡Qué ganas de llorar en esta tarde gris!».



Al poco tiempo necesitó regresar a Capilla del Monte inventando otra fiebre intestinal que obligó a su esposa a derramar llanto por mera intuición femenina. 
Fue la oportunidad en que Contursi se entregó de lleno al desenfreno amoroso que lo impulsó a escribir tantas letras de tango. 
Finalmente un día tuvo que optar, y como hombre cabal volvió al lado de su esposa con intestinos sanos pero con el corazón destrozado al igual que Gricel, quien vio partir el tren destruida en sus afectos pero jurando no llorar nunca más.

Luego vino un epistolario amoroso que presentaba una marcada diferencia: las cartas que llegaban de Buenos Aires estaban impregnadas de profunda tristeza; las que partían desde Capilla del Monte lo eran con letra firme. 
Esto fue así hasta que un día, llegó una carta con la letra de “Gricel”.

Todo cambió: Don Egidio Viganó, su alemana esposa, los colectiveros y los residentes en la ciudad comenzaron a vivir un clima lacrimógeno y Gricel comenzó a ser llamada: «Gricel, la del tango». 
No hubo concurso de belleza realizado en el Valle de Punilla que no fuese ganado por Gricel quien comenzó a frecuentar los bailes del Hotel Victoria de Capilla del Monte donde se disputaban el privilegio de bailar con ella. 
Todo era insuficiente, pero Gricel no quería llorar pese a su desventura y se propuso recomponer su vida.

Así fue que en la vieja y clásica Confitería del Plata de la ciudad de Córdoba, propiedad de Egidio Belloni, y en la que Gricel escuchó alguna vez a Gregorio Barrios cantar el bolero “Final”, conoció a Jorge Camba con el que contrajo matrimonio en 1949. Tuvieron una hija, Susana Jorgelina, pero hubo un problema: Camba también era afecto a las faldas y la abandonó en uno de sus frecuentes viajes al Chaco uniéndose a Vilma Rabez. Gricel tampoco lloró. Había heredado el fuerte carácter alemán de su madre. Sus días transcurrían aplicados a la educación de su hija, al dictado de clases de telar en dos colegios y al cultivo de los idiomas inglés e italiano.

Un día del año 1962 llegó a Capilla del Monte el célebre bandoneonista cordobés Ciriaco Ortiz. 
Le traía la noticia de la viudez de Contursi, jurando que no era emisario de nadie. 
También le transmitió que su gran amor sólo encontraba consuelo en el alcohol que consumía en la confitería El Molino. 
Nuevamente el fuerte carácter heredado de su madre se hizo presente y con algunas mentiras y excusas dirigidas a su hija partió en el ómnibus de la Costera Criolla rumbo a Buenos Aires. 
Se encontró con su gran amor en esa confitería. 
Contursi con su clásica apostura, traje gris, tiradores, luciendo canas y el aroma de la colonia Giesso. 
Gricel de la mano de su hija Susana.

Ignoramos excusas y perdones, pero a partir de ese momento Gricel viajó permanentemente a Buenos Aires alojándose en la casa de Contursi en calle Chaco nº 20, 3er. Piso H. Los hijos de Katunga a su vez viajaban a Capilla del Monte acompañando a Susana y su abuela alemana.


Pero una constante en la familia Contursi seguía presente: el alcohol, con el consecuente deterioro de la salud de Contursi. 
Fue entonces cuando Gricel tomó la decisión: «Nos vamos a Capilla del Monte. Pero el whisky queda aquí». Gricel y Contursi volvieron a Capilla del Monte a disfrutar las puesta de sol sin obstáculo alguno. 
No obstante, la salud de Katunga sufría verdaderos estragos hasta que en Cosquín, localidad ubicada a solo 30 kilómetros de Capilla del Monte, el Dr. Santos Sarmiento logró una pausa en ese deterioro. 
Fue sólo eso, una pausa, pese a lo cual el momento anhelado por Gricel y Contursi llegó el 16 de agosto de 1967, oportunidad en que en el folio 275, libro III, el párroco César Emilio Ferreira dijo:

«El día 16 de agosto de 1967, el infrascripto Párroco de Capilla del Monte en la Capilla de las Hermanas Cabrini, requerido y obtenido el mutuo consentimiento, unió en matrimonio a Don José María Contursi, de 56 años de edad, viudo de Doña Elina Zárate, con Doña Susana Gricel Viganó, de 47 años de edad, de estado soltera».

Una aclaración documental: Gricel contrajo matrimonio con Camba únicamente por casamiento civil. Para la Iglesia permanecía soltera.

El matrimonio duró cuatro años y nueve meses. Hacia 1970 frecuentaban la casa de un amigo común con el autor de esta nota, Emilio Velich, ex gerente de SADAIC e hijo de Juan Velich, en reuniones donde se desgranaban anécdotas y se cantaban tangos, pero la felicidad duró poco tiempo. 
El 11 de mayo de 1972 Contursi abandonó el tango y este mundo. 
Lo hizo en brazos del novio de Susana, Oscar Iacobelli, quien con lágrimas en los ojos, me confesó: «Contursi murió como era. 
Murió en mis brazos, como un señor». Gricel lo había acompañado hasta el día anterior pero presintiendo el desenlace no quiso llorar.

Gricel vivió luego en Villa Allende, localidad también ubicada a tan solo 35 kilómetros de Córdoba para finalizar sus días en la calle Las Palmeras nº 229 de Villa Rivera Indarte, en las cercanías de Villa Allende y Córdoba en una casa rodeada de palmeras y vegetación. 
En la casa vecina, ubicada en el nº 231, residió su hija Susana. Gricel tenía diagnosticada leucemia. 
No pudo vencer a la muerte pero sí venció al dolor. Falleció el 25 de julio de 1994 víctima de un derrame cerebral. 
Sus cenizas reposan en Villa Rivera Indarte, mientras que los restos de Contursi descansan en el Panteón de SADAIC en Buenos Aires.

José María Contursi dejó cuatro hijos de su matrimonio: el único varón, Lucio, falleció muy joven víctima de cáncer. 
Sus hermanas Ethel y Amalia residen en Buenos Aires y Hebe en la ciudad de Mendoza. Amalia, gran admiradora de las sierras cordobesas, vivió hasta hace dos años en la calle Las Palmeras 229.

La familia Viganó se prolongó a través de Susana Jorgelina, posteriormente de Iacobelli, en tres hijos: Santiago, Luciana y Gricel (15). Los que hemos tenido el privilegio de conocerlos podemos afirmar que las nietas de Gricel compiten en belleza con su abuela. Susana Jorgelina vive actualmente con sus hijas en la ciudad de Viedma donde ejerce su profesión de nutricionista.

Algo más en esta tierna y dramática historia: Jorge Camba y Vilma Rabez volvieron a Córdoba viviendo en la casa de Susana o sea contigua a la de Gricel durante dos años antes de la muerte de ésta y en una rara y perfecta armonía. Camba, por su parte, falleció en 1996. Vilma Rabez aún vive a la fecha de esta nota (marzo de 2002).

Es la historia real de un tango que conmovió a generaciones por su belleza y profundidad como todo lo que escribió Contursi, gran parte de los cuales estuvieron inspirados en este amor que por momentos parecía imposible.

Nuestra presencia en los lugares descriptos, unidos al contacto con los seres allegados a Gricel y a sus pertenencias, incluyendo a su perro Colita que aún la sobrevive no hacen más que reavivar lo que esta hermosa pieza musical ya provocaba en nuestra juventud.

Un profundo agradecimiento a la señora Susana Camba y sus hijos por la amplitud y generosidad de su colaboración que permitieron revivir esta hermosa historia.

miércoles, 12 de agosto de 2020

La bajante del Paraná ayudó a la historia: un pescador encontró cadenas de la Vuelta de Obligado




publicado en El Ciudadano Rosario

Jorge López alcanzó a ver gruesos eslabones que, según se cree, fueron de las barreras que se tendieron en 1845 para impedir el paso de una poderosa flota anglo-francesa. La batalla del 20 de noviembre de ese año fue un hito heroico, tanto que la fecha se instituyó como el Día de la Soberanía

Todavía era de mañana cuando el pescador Jorge López amarró su canoa en la costa, a la que la bajante histórica del río Paraná había hecho más grande. En eso estaba cuando miró el fondo y vio algo: parecía un eslabón de cadena, pero de cadena antigua y grande, de las que se forjaban pieza a pieza y a mano. Tiró, y era una cadena nomás, una parte menos.



Esto pasó no tantos días atrás, y ahora se está comprobando si, como se sospecha, dio por casualidad con un fragmento de una pieza singular en la historia argentina, una de las barreras que se tendieron de costa a costa en la Vuelta de Obligado en 1845 para cerrar el paso a buques británicos y franceses, en una de las batallas más heroicas que se libraron en la Argentina, tanto, que su fecha, el 20 de noviembre, se convirtió en el Día de la Soberanía Nacional.

La periodista Patricia Daniele recordó en un artículo en la revista Weekend que la batalla tuvo lugar donde se ubicaba la principal fortificación argentina, emplazada en la caprichosa Vuelta de Obligado, donde el Paraná se estrecha hasta tener sólo 700 metros de ancho en su cauce principal. Pero además, allí mismo gira sobre sí en un recodo pronunciado lo que dificultaba la navegación a vela, más tratándose de buque cargados de mercancías como las que transportaban las naves de la flota, en busca de imponer el libre comercio eludiendo –y desafiando– a la Aduana de Buenos Aires y a la Confederación, al mando del brigadier Juan Manuel de Rosas.




Las tropas argentinas estaban lideradas por el general Lucio Mansilla –quien según nuevas investigaciones históricas se apellidaba en realidad Mancilla– quien hizo tender tres gruesas cadenas que pesaban más de 9 toneladas, de costa a costa, sobre 24 lanchones. La increíble barrera en sí representó un hito: los propios pobladores participaron de su forja, para lo que entregaron las piezas de metal de sus casas, y prácticamente todos los residentes de entonces de lo que hoy es Obligado, parte del partido bonaerense de San Pedro, cumplieron algún papel en la construcción.






Enfrente tenían a un enemigo poderoso: la escuadra anglo-francesa había llegado con el pretexto de mediar en una pacificación entre Buenos Aires y Montevideo, pero buscaban en realidad establecer un vínculo comercial directo, desconociendo a la autoridad nacional, con Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes.


En los primeros días de noviembre de 1845 ya surcaban las aguas del río Paraná 11 de los 22 barcos de guerra que habían llegado al Río de la Plata, una custodia para una mucho más numerosa flota de 92 buques mercantes. Portaban 418 cañones y tenían 880 soldados, mientras que las tropas nacionales sólo le podían oponer seis buques mercantes y cañones en mucho menor cantidad, y de menor calibre.


En la ribera derecha del río Mansilla montó cuatro baterías artilladas con 30 cañones, con 160 artilleros: la Restaurador Rosas al mando de Álvaro José de Alzogaray; la General Brown, con el teniente de marina Eduardo Brown, hijo del almirante al frente; la General Mansilla, comandada por el teniente de artillería Felipe Palacios, y una cuarta de reserva, aguas arriba de las cadenas: Manuelita (nombre de la hija de Rosas), responsabilidad del teniente coronel Juan Bautista Thorne.



El 20 de noviembre de 1845, al amanecer, comenzó la batalla, cuando tres lanchones argentinos que patrullaban al río fueron atacados por la artillería de la flota extranjera.

Tras varias horas de combate, las municiones de las baterías se habían agotado, y tropas británicas y francesas iniciaron el desembarco. Se estima que la batalla dejó 250 muertos y 400 heridos entre las fuerzas de defensa. Las barcazas que sostenían las cadenas por encima del espejo de agua fueron incendiadas. Pero la flota había quedado con su nave insignia a la deriva, sin ancla, cuya cadena fue cortada por una certera salva, y con dos bergantines seriamente averiados y fuera de combate, y otras naves con daños importantes.

“Hoy he visto lo que es un valiente. Empezó el fuego a las 9 y media y duró hasta las 5 y media de la tarde en las baterías, y continúa ahora entre el monte de Obligado el fuego de fusil (son las 11 de la noche). Mi tío ha permanecido entre los merlones (lienzos de parapeto) de las baterías y entre las lluvias de balas y la metralla de 120 cañones enemigos”, escribió Sabino O’Donnell, médico de las tropas nacionales.

Las cadenas fueron rotas a martillazos y los buques pasaron. Mansilla sobrevivió, y poco después libraba otra batalla: comandó a las tropas de la Confederación en un nuevo ataque a la misma flota aguas arriba, en lo que la historia registra como los combates de Toneleros y de San Lorenzo.

La heroica defensa de Vuelta de Obligado marcó para siempre el devenir político del país y sigue dividiendo hoy a quienes trazan ocultas alianzas con poderes foráneos y quienes se plantan en defensa de la autonomía nacional.




“Me siento re-emocionado por el hallazgo”, le dijo López al portal local La Opinión, cuando las piezas que encontró ya habían sido revisadas por el Grupo Conservacionista del Museo Paleontólogico de San Pedro. “Están a diez metros de donde estaban atadas en el monolito. Nosotros no tenemos dudas de que son de la batalla, tienen el grosor que Mansilla indica en sus notas, la oxidación que corresponde a los objetos que han estado sumergidos vinculados a la batalla, están colgando incrustadas en la roca, en la pared del río”, precisó José Aguilar, paleontólogo e integrante de la ONG. Y marcó que por la bajante extraordinaria del río Paraná “éste es un momento ideal para retirar la cadena que está agarrada a la barranca”.

Aguilar recordó que años atrás, otro pescador encontró un tramo de casi un metro, prácticamente igual, en la misma zona. Y antes, en 2013, se habían encontrado en la zona seis eslabones más y un grillete, piezas a las que investigadores identificaron también como parte de uno de los tendidos de cadenas que se montaron como heroica estrategía de resistencia por una comunidad que, aún sabiéndose en inferioridad de fuerzas, se predispuso a dar batalla.


sábado, 11 de julio de 2020

El "baul de los recuerdos" Los nietos

Buscando en mis archivos, encontre esto que escribia en abril del 2014, a casi 2 meses que Ramon, el hijo de mi hija mayor Maria Paz y el Chino habia nacido.Hoy ya tiene 6 años, crece "día a día" y mi hija menor Camila y Ionni, se preparan para recibir a Pedro su primer hijo.                Una de las cosas que el CV y la cuarentena nos hace perder es vivir mas cerca la "maravilla" de ser abuelos.

Los nietos - a mi primer nieto Ramon


El 22 de febrero de este año nació Ramon, mi primer nieto hijo de Maria Paz, mi hija mayor y Damian "el Chino" Biscotti un nuevo integrante de mi familia.

Todos los abuelos que conozco me hablaban de sus nietos y muchos de ellos me mostraban fotos de ellos, en una frecuencia y asuididad que me resultaba, a veces, exagerado

Hasta que nació Ramon un ser que nos ha cambiado la manera de ver la vida, gozamos de verlo, comenzando a expresarse, cuando duerme, cuando llora, cuando esboza una sonrisa, cuando nos mira y hasta cuando le vemos cambiandole sus pañales.

Paz recibe en la habitación a Ramon

El Chino le muestra a Estela y Camila a Ramon naciendo (acababa de nacer)

Ramón se quedo por primera vez en casa unas horas, Paz tocaba y lo dejo unas horas
Cuando llego y se lo entregaron, por primera vez en la habitación, a Paz, Estela y yo, sentimos algo completamente distinto, fuimos y somos muy felices con nuestros hijos, pero esta sensación es distinta, quizas porque lo vemos desde otro angulo, hemos pasado gran parte de nuestra vida y ahora la perspectiva de lo realmente importante es otra.
Estela "la Abuela" recibe por primera en sus brazos a Ramón


Los nietos son un "punto de encuentro" reunen los genes, las historias, las vivencias, el amor, de los que los antecedemos y ellos, también, son un "punto de partida" nuevas familias, nuevas personas, nuevas sociedades, se van a originar a traves de ellos, Todo el amor que les podamos transmitir, pasará hacia las nuevas generaciones. 
Algo tan simple como TRASCENDER.


el primer equipo hecho por su Abuela Estela

viernes, 10 de julio de 2020

Mascarillas y distancia Social

La nariz era de medio pie de longitud, con la forma de un pico, rellena de perfume con sólo dos agujeros, uno en cada lado, próximos a los orificios nasales, pero que bastaban para respirar, cargando con el aire que uno inhalaba, la impresión de las drogas contenidas en el extremo del pico. Bajo el abrigo vestimos botas hechas de cuero marroquí (cuero de cabra), pantalones de piel fina que están amarrados desde el frente a dichas botas y una blusa de piel fina y manga corta, cuyo extremo inferior se introduce en los pantalones. El sombrero y los guantes también están hechos de la misma piel... con lentes sobre los ojos.​

¿Saben por qué fueron creadas las icónicas máscaras de los médicos de la peste negra?

Elaboradas de cuero de cabra y con un pico similar al de las aves, surgieron para defender a los portadores de la pestilencia. Nostradamus fue uno de estos personajes.

x

Las máscaras de pico son una de las más populares en el famoso Carnaval de Venecia. Foto EDH / AFP


ABR 05, 2020- 14:20
Inmersos en el drama generado por la pandemia por coronavirus, portales académicos, blogs y medios de comunicación recuerdan algunas de las epidemias más mortíferas en la historia de la humanidad. Una de las más destructivas fue la peste bubónica o peste negra, que diezmó a la población mundial en varias ocasiones.
Una de las primeras fue conocida como la plaga de Justiniano, la cual afectó al imperio romano de oriente, incluyendo Europa, Asia y África entre los años 541 y 543 d C. Durante esta pandemia, se cree que la población mundial perdió entre 25 y 50 millones de personas.
Luego, reapareció en el siglo XIV y atacó a Euroasia, siendo la época más dramática la comprendida entre 1347 y 1353, y es considerada una de las más mortíferas de la historia. Un tercer brote se originó en China e India, en el siglo XIX, entre los años 1855 y 1918.
Pero fue en el siglo XVII y XVIII que surgieron los temidos médicos de la peste, personajes elegidos por los poblados infestados para hacerse cargo de proteger a ricos y pobres de la mortal enfermedad. Muchos de estos ni siquiera eran profesionales de la salud, algunos eran médicos venidos a menos o estudiantes haciéndose camino en la profesión.
Fueron estos los que inmortalizaron la famosa máscara de pico, que hoy es muy popular en carnavales como el de Venecia, donde precisamente se inmortalizaron estos personajes. “Aunque parezca mentira, su origen no tiene nada que ver con la bufa del carnaval, sino todo lo contrario; y es que apareció con la enfermedad de la peste”, explica el doctor Pedro Gargantilla, profesor de Historia de la Medicina de la Universidad Europea de Madrid, en una nota publicada por el sitio efesalud.com.
Uno de los dibujos que nos ilustra cómo era el atuendo de estos temidos médicos es el que se encuentra en la Biblioteca Digital Mundial de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), cuyos contenidos fueron liberados en estos momentos de cuarentena para que las audiencias inviertan parte de su tiempo investigando el tema de su predilección.
El dibujo en acuarela procedente de la Biblioteca Wellcome de Londres “describe el traje que usaban los médicos que asistían a pacientes con peste en el siglo XVII. El traje fue descrito por Jean Jacques Manget (1652-1742) en su Traité de la peste (“Tratado sobre la peste”), publicado en Ginebra en 1721. El traje estaba realizado en cuero marroquí, debajo se usaba una camisa, pantalones y botas, todo de cuero y uno sobre el otro. La larga nariz tipo pico tenía sustancias aromáticas y los ojos estaban cubiertos con vidrio”. Entre las hierbas aromáticas que utilizaban en la máscara figuraban el ámbar gris, hojas de menta, estoraque, mirra, láudano, pétalos de rosa, alcanfor y clavo de olor. El pico, de medio pie de longitud, también le ayudaba a que los enfermos mantuvieran su distancia.
El portal de la nationalgeographic.es retomó el tema recientemente y detalla que el diseño de este peculiar vestuario se le atribuye a Charles de Lorme, un médico francés que ejerció en varias regiones de Europa durante el siglo XVII y atendió a muchos miembros de la realeza.
Hay que añadir que los médicos también portaban un bastón para tocar y defenderse de los contagiados con la peste, incluso lo utilizaron como herramienta de penitencia, pues se creía que los enfermos sufrían la peste por sus pecados. Estos sujetos utilizaban brebajes y antídotos creados por ellos para contrarrestar los síntomas de la enfermedad, también se hacían cargo de elaborar los testamentos y realizar las autopsias.
Debido a su labor, eran personas que permanecían recluidos en cuarentenas obligadas, teniendo que renunciar a sus familias y a la socialización. Por ello, se les retribuía con incentivos monetarios.

Retrato original de Michel de Nôtre-Dame realizado por su hijo César. Foto EDH / Wikipedia
NOSTRADAMUS FUE UNO DE ELLOS
El famoso profeta de la historia mundial también fue un destacado médico y astrónomo.
Tenía solo 22 años cuando inventó unos polvos preventivos contra la peste, en el siglo XIV. Fue uno de los profesionales que se enfocó mucho en combatir la enfermedad, lucha que lo llevó a ciudades como Toulouse y Carcasona, según nota en el sitio ancient-origins.es.
“Nostradamus descartó éstas y otras insensateces y atacó la peste con limpieza, aire fresco y hierbas medicinales. El joven doctor logró curaciones que fueron calificadas de milagrosas gracias a su revolucionario tratamiento”, se detalla en el artículo.

miércoles, 8 de abril de 2020

El holocausto del que nadie quiere hablar, La Conquista del desierto en territorio de La Argentina

publicado  en El País
Hablar de que Roca generó un genocidio sobre los pueblos indígenas del sur de nuestro país es reconocer que realmente fue eso: una incursión armada, desde el estado creciente, sobre un espacio ocupado por poblaciones que ya lo poseían desde mucho tiempo antes, con el objetivo de diezmar a la población, despojarlos y ocupar sus territorios, secuestrar sus recursos y desintegrarlos culturalmente.
El exterminio del que fueron objeto fue llevado a cabo con la obsesión de la “limpieza de la nación”, de quienes Roca consideraba “salvajes”: “Hasta nuestro propio decoro como pueblo viril a someter cuanto antes, por la razón o por la fuerza, a un puñado de salvajes...”.(1)
La mal llamada “Conquista del Desierto” cumplió su cometido. La nación se forjaba bajo la violencia del estado sobre las poblaciones que históricamente habían vivido en sus territorios.

Los campos de concentración de la “conquista del desierto
Los sobrevivientes de la llamada “Conquista del Desierto” holocausto argentino fueron “civilizadamente” trasladados, caminando encadenados 1.400 kilómetros, desde los confines cordilleranos hacia los puertos atlánticos.
A mitad de camino se montó un enorme campo de concentración en las cercanías de Valcheta, en Río Negro. El colono Galés John Daniel Evans recordaba así aquel siniestro lugar: “En esa reducción creo que se encontraba la mayoría de los indios de la Patagonia. (…) Estaban cercados por alambre tejido de gran altura; en ese patio los indios deambulaban, trataban de reconocernos; ellos sabían que éramos galeses del Valle del Chubut. Algunos aferrados del alambre con sus grandes manos huesudas y resecas por el viento, intentaban hacerse entender hablando un poco de castellano y un poco de galés: ‘poco bara chiñor, poco bara chiñor’ (un poco de pan señor)”.1

La historia oral, la que sobrevive a todas las inquisiciones, incluyendo a la autodenominada “historia oficial” recuerda en su lenguaje: “La forma que lo arriaban…uno si se cansaba por ahí, de a pie todo, se cansaba lo sacaban el sable lo cortaban en lo garrone. 
La gente que se cansaba y…iba de a pie. Ahí quedaba nomá, vivo, desgarronado, cortado. 
Y eso claro… muy triste, muy largo tamién… Hay que tener corazón porque… casi prefiero no contarlo porque é muy triste. 
Muy triste esto, dotor, Yo me recuerdo bien por lo que contaba mi pobre viejo paz descanse. Mi papa; en la forma que ellos trataban. 
Dice que un primo d’él cansó, no pudo caminar más, y entonces agarraron lo estiraron las dos pierna y uno lo capó igual que un animal. 
Y todo eso… a mí me… casi no tengo coraje de contarla. 
Es historia… es una cosa muy vieja, nadie la va a contar tampoco, ¿no?...único yo que voy quedando… conocé… Dios grande será… porque yo escuché hablar mi pagre, comersar…porque mi pagre anduvo mucho… (…)”. 2
De allí partían los sobrevivientes hacia el puerto de Buenos Aires en una larga y penosa travesía, cargada de horror para personas que desconocían el mar, el barco y los mareos. Los niños se aferraban a sus madres, que no tenían explicaciones para darles ante tanta barbarie.
Un grupo selecto de hombres, mujeres y niños prisioneros fue obligado a desfilar encadenado por las calles de Buenos Aires rumbo al puerto. 
Para evitar el escarnio, un grupo de militantes anarquistas irrumpió en el desfile al grito de “dignos”, “los bárbaros son los que les pusieron cadenas”, en un emocionado aplauso a los prisioneros que logró opacar el clima festivo y “patriótico” que se le quería imponer a aquel siniestro y vergonzoso “desfile de la victoria”.
Desde el puerto los vencidos fueron trasladados al campo de concentración montado en la isla Martín García. 
Desde allí fueron embarcados nuevamente y “depositados” en el Hotel de Inmigrantes, donde la clase dirigente de la época se dispuso a repartirse el botín, según lo cuenta el diario El Nacional que titulaba “Entrega de indios”: “Los miércoles y los viernes se efectuará la entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de la Sociedad de Beneficencia”.3

Se había tornado un paseo “francamente divertido” para las damas de la “alta sociedad”, voluntaria y eternamente desocupadas, darse una vueltita los miércoles y los viernes por el Hotel a buscar niños para regalar y mucamas, cocineras y todo tipo de servidumbre para explotar.
En otro articulo, el mismo diario El Nacional describía así la barbarie de las “damas” de “beneficencia”, encargadas de beneficiarse con el reparto de seres humanos como sirvientes, quitándoles sus hijos a las madres y destrozando familias: “La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra su seno al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia”.
Los promotores de la civilización, la tradición, la familia y la propiedad, habiendo despojado a estas gentes de su tradición y sus propiedades, ahora iban por sus familias. A los hombres se los mandaba al norte como mano de obra esclava para trabajar en los obrajes madereros o azucareros.
Dice el Padre Birot, cura de Martín García: “El indio siente muchísimo cuando lo separan de sus hijos, de su mujer; porque en la pampa todos los sentimientos de su corazón están concentrados en la vida de familia”.4
Se habían cumplido los objetivos militares, había llegado el momento de la repartija del patrimonio nacional.
La ley de remate público del 3 de diciembre de 1882 otorgó 5.473.033 de hectáreas a los especuladores. Otra ley, la 1552 llamada con el irónico nombre de “derechos posesorios”, adjudicó 820.305 hectáreas a 150 propietarios. La ley de “premios militares” del 5 de septiembre de 1885, entregó a 541 oficiales superiores del Ejército Argentino 4.679.510 hectáreas en las actuales provincias de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut y Tierra del Fuego. La cereza de la torta llegó en 1887: una ley especial del Congreso de la Nación premió al general Roca con otras 15.000 hectáreas.
Si hacemos números, tendremos este balance: La llamada “conquista del desierto” sirvió para que entre 1876 y 1903, es decir, en 27 años, el Estado regalase o vendiese por moneditas 41.787.023 hectáreas a 1.843 terratenientes vinculados estrechamente por lazos económicos y/o familiares a los diferentes gobiernos que se sucedieron en aquel período.
Desde luego, los que pusieron el cuerpo, los soldados, no obtuvieron nada en el reparto. Como se lamentaba uno de ellos, “¡Pobres y buenos milicos! Habían conquistado veinte mil leguas de territorio, y más tarde, cuando esa inmensa riqueza hubo pasado a manos del especulador que la adquirió sin mayor esfuerzo ni trabajo, muchos de ellos no hallaron –siquiera en el estercolero del hospital– rincón mezquino en que exhalar el último aliento de una vida de heroísmo, de abnegación y de verdadero patriotismo”.5
Los verdaderos dueños de aquellas tierras, de las que fueron salvajemente despojados, recibieron a modo de limosna lo siguiente: Namuncurá y su gente, 6 leguas de tierra. Los caciques Pichihuinca y Trapailaf, 6 leguas. Sayhueque, 12 leguas. En total, 24 leguas de tierra en zonas estériles y aisladas.
Ya nada sería como antes en los territorios “conquistados”; no había que dejar rastros de la presencia de los “salvajes”. Como recuerda Osvaldo Bayer, “Los nombres poéticos que los habitantes originarios pusieron a montañas, lagos y valles fueron cambiados por nombres de generales y de burócratas del gobierno de Buenos Aires. Uno de los lagos más hermosos de la Patagonia, que llevaba el nombre en tehuelche de “el ojo de Dios”, fue reemplazado por el Gutiérrez, un burócrata del ministerio del Interior que pagaba los sueldos a los militares. Y en Tierra del Fuego, el lago llamado “Descanso del horizonte” pasó a llamarse “Monseñor Fagnano”, en honor del cura que acompañó a las tropas con la cruz” 5.
Referencias:
1 Walter Delrio, “Sabina llorar cuando contaban. Campos de concentración y torturas en la Patagonia”, ponencia presentada en la Jornada: “Políticas genocidas del Estado argentinos: Campaña del Desierto y Guerra de la Triple Alianza”, Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Poder Autónomo, Buenos Aires, 9 de mayo de 2005. Citado por Fabiana Nahuelquir en “Relatos del traslado forzoso en pos del sometimiento indígena a fines de la conquista al desierto”, publicado en http://www.elhistoriador.com.ar/…/sometimiento_indigena_con….
2 Testimonio recogido en Perea Enrique: “Y Félix Manuel dijo”, Fundación Ameghino, Viedma, 1989. Citado por Fabiana Nahuelquir, op. cit.
3 El Nacional, Buenos Aires, 31 de diciembre de 1878.
4 Álvaro Yunque, Historia de los argentinos, Buenos Aires, Anfora, 1968.
5 Manuel Prado, La guerra al malón, Buenos Aires, Eudeba, 1966.
6 Osvaldo Bayer, “Rebelde amanecer”, Buenos Aires, Página/12, 8 de noviembre de 2003.
Artículos relacionados:
btn“La conquista del desierto”
btnConquista del desierto
btnUn militar valiente y honorable denuncia los negociados de la "Conquista del Desierto"
btnMensaje al Congreso Nacional de Nicolás Avellaneda sobre la “conquista del desierto”
btnBiografía deNicolás Avellaneda
btnBiografía de Julio Argentino Roca

video

La Campaña del Desierto, "habitado" por aborígenes americanos en la patagonia


41.6 K suscriptores

Fe de Erratas: minuto 4:18 es "1830" en lugar de 1930. Los primitivos dueños de la tierra venían resistiendo la conquista del hombre blanco desde la llegada de Solís, en 1516. Don Pedro de Mendoza debió abandonar Buenos Aires en 1536 por la hostilidad de los pampas. Sólo a partir de la creación del virreinato y la consecuente presencia de un poder político y militar fuerte, fue posible establecer una línea de fronteras con el “indio” medianamente alejada de los centros urbanos. Rosas, haciéndose eco de las demandas de sus colegas estancieros sobre los constantes robos de ganado por parte de los indios, encabezó la primera “conquista al desierto”. Entre 1833 y 1834, al concluir su primera gobernación, Juan Manuel de Rosas, emprendió la primera campaña financiada por la provincia y los estancieros bonaerenses. La expedición contó con el apoyo de las provincias de Córdoba, San Luis, San Juan y Mendoza. Rosas combinó la conciliación con la represión. Pactó con los pampas y se enfrentó con los ranqueles y la Confederación liderada por Juan Manuel Calfucurá. Según un informe que Rosas presentó al gobierno de Buenos Aires a poco de comenzar la conquista, el saldo fue de 3.200 indios muertos, 1.200 prisioneros y se rescataron 1.000 cautivos blancos. Hasta la caída de Rosas se vivió en una relativa tranquilidad en las fronteras con el indio, pero a partir de 1853 reaparecieron los malones. En marzo de 1855, el gobierno de la provincia envió una expedición militar hacia la zona de Azul al mando del coronel Bartolomé Mitre. Mientras acampaba en Sierra Chica, la división fue cercada y diezmada por los lanceros del cacique Calfucurá. Calfucurá (significa piedra azul) era el jefe indígena más importante. Había nacido en Lloma (araucania chilena) en 1785. En 1834 logró imponerse sobre los araucanos de Masallé (La Pampa) y se proclamó «cacique general de las pampas». El cacique araucano sometió a todas las tribus del Sur. Calfucurá, dotado de una gran inteligencia y una notable capacidad de organización, organizó en 1855 la «Gran Confederación de las Salinas Grandes», en la que confluyeron las tribus pampas, ranqueles y araucanas. La consolidación del Estado nacional hacía necesaria la clara delimitación de sus fronteras con los países vecinos. En este contexto, se hacía imprescindible la ocupación del espacio patagónico reclamado por Chile durante décadas. Sólo la pacificación interior impuesta por el Estado nacional unificado a partir de 1862, permitió a fines de la década del 1870, concretar estos objetivos con el triunfo definitivo sobre el indio. El gobierno de Avellaneda, a través del ministro de Guerra, Adolfo Alsina impulsó una campaña para extender la línea de frontera hacia el Sur de la Provincia de Bs As. El plan de Alsina era levantar poblados y fortines, tender líneas telegráficas y cavar un gran foso, conocido como la «zanja de Alsina», con el fin de evitar que los indios se llevaran consigo el ganado capturado. La Conquista del Desierto fue la campaña militar realizada por la República Argentina entre 1878 y 1885, por la que se conquistó grandes extensiones de territorio que se encontraban en poder de pueblos originarios (mapuche, pampa, ranquel y tehuelche). Se incorporó al control efectivo de la República una amplia zona de la región pampeana y de la Patagonia (llamada Puelmapu por los mapuches)​ que hasta ese momento estaba dominada por los pueblos indígenas. Éstos, sometidos, sufrieron la aculturación, la pérdida de sus tierras y su identidad al ser deportados por la fuerza a reservas indias, museos o trasladados para servir como mano de obra forzada. Los hechos son actualmente objeto de debate y visiones diferentes, la posición oficial y tradicional argentina sostiene que se trató de una gesta militar y una guerra legítima respecto de la efectiva soberanía de la Argentina sobre territorios heredados del Imperio español y que respondió a las matanzas y robos perpetuados por los malones indígenas sobre la frontera. Contra esa postura oficial, algunos políticos y periodistas argentinos de la época, denunciaron en aquel momento lo que consideraron un crimen de lesa humanidad cometido por el Ejército Argentino en casos puntuales. La posición tradicional de las comunidades mapuche, tehuelche y ranquel sostiene que se trató de una invasión ilegítima de los huincas argentinos sobre territorios ocupados ancestralmente. Una postura más actual y basada en fuentes estatales cuestiona el accionar del Estado argentino contra los pueblos indígenas, tanto por la violencia, la insuficiencia de derechos y el objetivo de beneficiar a un grupo de terratenientes. Una opinión más reciente, compartida por las comunidades indígenas y estudiosos, llegan a sostener que se trató de un genocidio. En un sentido histórico más amplio, el término incluye a las campañas previas a la Conquista, conjunto de expediciones militares de los gobiernos nacionales y provinciales que se sucedieron, antes de la gran campaña de 1879.

lunes, 17 de febrero de 2020

El Kavanagh e historias de "la grieta" a principios del siglo XX





Este edificio de estilo art deco, inaugurado en 1936, de 33 pisos, 113 departamentos todos diferentes entre sí y 120 metros de altura, fue el primer rascacielos del mundo en tener aire acondicionado centralizado








‎contribucion de Pepe Capochorto‎ publicado en Historias Perdidas de Buenos Aires
· Edificio Kavanagh (Florida 1065, Retiro)


Ubicado sobre la Plaza San Martín, el Kavanagh fue distinguido en 1994 por la Asociación Estadounidense de Ingeniería Civil como “hito histórico internacional de la ingeniería”. 
Tal es el valor de este edificio, que en 2008 el piso 14 se vendió a un precio de 5,9 millones de dólares.

Pero este edificio es emblemático no sólo por su arquitectura, sino también porque su construcción fue parte de una venganza, ya no de sangre, sino de hormigón.

Cuenta la historia que, hacia 1920, la aristocrática familia Anchorena decidió construir la iglesia del Santísimo Sacramento para que funcione como futuro sepulcro familiar. 

La idea de la familia era que desde los balcones del palacio que habitaban (Palacio San Martín, hoy sede del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto) se viera la iglesia, por lo que la construyeron del otro lado de la plaza.

Una vez concluída la obra, planearon comprar el único lote vacío que estaba justo entre su mansión y la basílica, para construir un anexo que las uniera y que no sólo se pudiera ver desde el palacio, sino también poder acceder directamente desde la mansión.

Pero el amor metió la cola y quiso el destino que uno de los Anchorena se enamorara perdidamente de Corina Kavanagh, una joven de familia adinerada, pero que no pertenecía al selecto grupo de familias de la alta sociedad porteña: el romance no tuvo la aprobación de los Anchorena y los novios tuvieron que separarse.

Corina Kavanagh, madre de la joven despechada y humillada, se adelantó a comprar un terreno ubicado entre la mansión y la iglesia, y ordenó levantar un edificio cuyo único requisito fue que le impidiera a la familia Anchorena la vista al templo católico desde su soberbio palacio.

En sólo catorce meses fue levantado este imponente rascacielos que tiene un pequeño y estratégico pasaje lateral, el único punto de la ciudad desde donde se puede ver de frente la iglesia del Santísimo Sacramento. 
El pasaje se llama Corina Kavanagh.